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Campus Novella

Centro de Formación en Imagen Personal

LABIOS

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Los labios humanos han servido para diversos cometidos a lo largo de la Historia, aunque, sin lugar a dudas, la verdadera importancia de estos dos pliegues de carne móvil reside en su capacidad comunicativa. En un futuro próximo descargaremos del omnipotente Internet – alabado seas – una aplicación que nos indicará la fertilidad de la persona que nos atrae, su salud sexual y el estado de su sistema inmunológico, pero hasta el momento no existe mejor indicador que los labios debido a que según su forma, disposición y color, muestran al inconsciente quiénes somos y a qué podemos aspirar en este mundillo de la seducción.

Investigadores de la universidad de Manchester realizaron un estudio para determinar qué elemento del rostro femenino atrae la atención de los hombres y, sin lugar a dudas, los labios despiertan más curiosidad que los ojos y el pelo. Los sujetos estudiados permanecieron atentos al aleteo de los labios más de lo que dedicaron a la mirada (0’95 segundos) y el cabello (0’75 segundos). Aunque este primer vistazo se nos antoje breve y prematuro, está comprobado que es suficiente para acumular información en el inconsciente sobre la mujer observada.

 

Labio: reborde exterior, carnoso y móvil de la boca 

A lo largo y ancho de la Historia los poetillas, chupatintas, poetastros y melendis de este mundo han usado miles de metáforas para referirse a los labios de sus enamoradas, musas y demás habitantes del Parnaso, pero, ciertamente, no hay labios de fresa ni pétalos de amor eterno, no existen manantiales de dulzura ni siquiera boquitas de corazón; el verdadero y único motivo que hace de los labios un arma de seducción masiva no radica en en el misticismo lírico ni mucho menos en la retórica infame de algunos cantantes, sino en la capacidad sensora del belfo, motivada por la cantidad de terminaciones nerviosas que desembocan en él y que, apoyadas por la escasa melanina y la fina capa que las recubren, potencian la percepción de los estímulos referentes al tacto. Tanto es así, que cuando dos personas se besan – al margen de la información genética traspasada – se generan ingentes cantidades de endorfinas (de donde deriva el placer).

Según Michael Cunningham, profesor de la universidad de Louisville, los hombres prefieren labios gruesos, voluptuosos, bien avenidos de carne y rojos de salud y sexualidad. Sin embargo, las mujeres se decantan por labios que denotan aspereza, esto es, delgados y severos; ‘los labios de un cazador’, en palabras del propio estudioso. Sin embargo, ambos sexos coinciden en el color: la palidez despierta recelo puesto que se asocia a la enfermedad o cualquier tipo de tara física relacionada con la capacidad reproductiva y el sistema inmunológico. Diversos investigadores sostienen que la evolución humana propició que los labios de los seres humanos crecieran para que los ejemplares pudieran mostrar su fertilidad puesto que, debido a la naturaleza bípeda, los atributos sexuales de mujeres y hombres quedaron fuera del alcance de bocas y narices; por tanto, así como los senos de las mujeres crecieron para atraer la atención masculina, los labios se desarrollaron como reclamo erógeno, asemejándose cada vez más a otro par de labios que comparten bautismo pero no ubicación en el cuerpo de la mujer y que, como ocurre con el sexo de otros animales, son más rosados cuanto más fértil es el ejemplar.

así como los senos de las mujeres crecieron para atraer la atención masculina, los labios se desarrollaron como reclamo erógeno

El beso: saludo entre amantes potenciales

El ser humano tiene la capacidad de elaborar cultura, es decir, de adquirir conocimientos derivados de la experiencia y transmitirlos a las generaciones venideras. Esta realidad ha motivado que nuestros impulsos primitivos, auspiciados por la naturaleza misma, hayan devenido en usos sociales y costumbres, lo cual, a estas alturas de la Historia, ha trocado el beso en realidad sometida a los designios de religiones, políticas y otros demonios. De hecho, la costumbre Inuit de frotarse la nariz deriva de la misma necesidad de obtener datos fidedignos.

Sin embargo, más allá de la apariencia del beso como acto social, se trata – según avanzábamos más arriba – de una prueba de reconocimiento. Así como los perros huelen sus partes pudendas, los seres humanos, que caminamos erguidos y tapamos nuestros sexos por aquello del pudor, olfateamos el rostro de nuestro amante potencial; indagamos en la persona opuesta a través de los efluvios que el otro despacha y que nuestro inconsciente procesa sistemáticamente. Así, cuando una chica en la discoteca besa a varios hombres no está incurriendo en un delito contra las leyes de dios ni en una deshonra para la sociedad: está buscando al hombre cuyo código genético es contrario al suyo propio, puesto que los hijos nacidos de dos especímenes muy diferentes son más fuertes que aquellos traídos de la unión de dos similares (práctica inconsciente que, desposeída de su carácter natural, responde a nombres como lascivia, furor uterino, o cualquier otro desmán léxico del machismo institucional). Asimismo, el hombre persigue la fertilidad de su amante. Bien es cierto que las motivaciones biológicas son idénticas, pero el proceso de selección tiene otra naturaleza y por tanto resulta imposible trazar una analogía entre ambas actitudes.

vulgarmente conocidos como esquimales, término que significa ‘devoradores de carne cruda’ y que hoy en día tanto Inuits como yupiks consideran ofensivo

El color rojo

La cultura occidental relaciona el color rojo con la pasión, el sexo y el poder. Los expertos en esta materia conocen los efectos de cada una de las tonalidades de la escala cromática y juegan con ellos dependiendo de la moda y los usos sociales; sin embargo, una investigación de la universidad francesa de Bretagne-Sud arroja datos reveladores sobre un color que, en los labios, nunca falla: el rojo. Realizaron un estudio en el que maquillaban a distintas camareras con este color mientras que para otras utilizaron tonalidades diferentes. Las empleadas ‘de rojo’ consiguieron hasta un 70% más de propina que el resto, demostrando que aún hoy, en el siglo XXI, edad de los avances tecnológicos, del homo erectus que se encorva sobre su ipad, tiempo de las aplicaciones y del imperio virtual, aún subyace en nuestro interior una luz animal, última esperanza de una especie que, ante todo, desea seguir besando y procreando hasta el fin de la Historia.

 

Antonio J. Criado

Periodista labial

 

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